El amanecer les mostró un hermoso paisaje: la playa formaba un arco y se extendía entre dos farallones de roca rojiza. Abundaba la vegetación y hasta el mismo borde de la playa llegaba un bosque. A poca distancia de la orilla, un ruido de agua borboteando advertía de la existencia de un arroyuelo. Pronto se formaron varios grupos para traer leña, agua y comida. La amazona Iskias y unos cuantos cazadores se adentraron en el bosque donde esperaban encontrar liebres, cabras salvajes o venados. (...)
- No os atreváis a perturbar la morada de la ninfa Saó – dijo la voz.No había en su tono ninguna nota amenazante, pero Ascanio se acercó un poco más a Cirene. También ella se había sobresaltado. Ambos se quedaron quietos y en silencio. Y como nadie aparecía ni se oía más ruido que el roce de las hojas movidas por la brisa, tomó la palabra Cirene.
- ¿Quién eres?
- Un náufrago – respondió la voz.
- Nosotros acabamos de librarnos de un naufragio – dijo Cirene –. Sal de donde estés y ven con nosotros. Somos troyanos y tenemos naves.
- ¿Troyanos de verdad? Decidme vuestros nombres. Pero os advierto que no pienso moverme de aquí.
Cirene le dijo su nombre, el de Eneas y los de muchos troyanos ilustres que viajaban con ellos. Sin embargo, el náufrago no volvió a pronunciar una palabra ni respondió a sus preguntas. Finalmente, Cirene desistió de su interrogatorio y de su baño y, sin recoger siquiera las hierbas que habían ido a buscar, ella y Ascanio volvieron a la playa. Muchos de sus compañeros se rieron cuando se lo oyeron contar. Alguien les había gastado una broma. Habían prendido buenas fogatas, se estaba asando carne en abundancia traída por los cazadores y el anciano Anquises ofreció una liebre a los dioses en un pequeño altar improvisado.
Sin decir nada para no alarmar al resto, Iskias se colgó el carcaj lleno de flechas a la espalda y empuñó el arco. Cirene se armó con un rudo bastón y ambas marcharon a buscar al niño. Caminaron con rapidez y en silencio, sin hacer ruido, y pronto llegaron al bosquecillo de alisos donde brotaba la fuente. Allí, sentado en el borde del estanque, con la cabeza inclinada sobre el agua y sus rizos rubios cayendo hacia delante, estaba Ascanio. La luz del ocaso acentuaba el rojo de las rocas y restaba transparencia al agua.
Una sombra se movió junto a él. Iskias puso una flecha en su arco y, con la rapidez del viento, disparó. Y se oyó un gemido humano.
NOTA 1: Queridos amigos, he puesto este fragmento porque nuestra amiga Alyxandria Faderland, ha querido explicarnos las técnicas que se utilizaban para curar las heridas en la antigüedad. Lo ha hecho utilizando su peculiar sentido del humor y poniéndose en la piel de la amazona Iskias aquí...
*Relieve de una nave. Museo Massimo alle Terme. Roma.
**Detalle de una escultura que representa una amazona. Museos Capitolinos. Roma.
***Escultura de Asclepios, dios de la medicina. Museo Altemps. Roma.
Para más información puedes leer la entrevista a la autora Isabel Barceló









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